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Los visitantes eligen el pueblo calchaquí por la quietud, la solidaridad y el compañerismo que reinan, a diferencia de la costa y otros sitios. "Bienvenidos al mejor clima del mundo", reza el cartel a la entrada de Amaicha del Valle, un destino que conquista el corazón de nuevos y viejos visitantes del país y, cada vez más, de todo el mundo.

La Gaceta de Tucumán

Parsimoniosa y silente, el mayor atractivo de Amaicha es "estar, simplemente estar aquí sentados, contemplando y respirando, dejándonos penetrar por la magia de este lugar único e indescriptible...". Con la mirada anclada en los cerros iluminados por el sol que comenzaba a secar el rocío de la noche, Emily Amargós, de 26 años, explicó casi en versos por qué todos los veranos visita el pueblo calchaquí. Junto a su compañera de ruta, Ana Mena, de 26 años, se convirtieron en las guías turísticas que acompañaron a LA GACETA en su visita a Amaicha.

Se sienten en familia

Las jornadas del fin de semana estuvieron dentro de los 360 días de sol de los que tanto se enorgullecen los lugareños. Los forasteros se pusieron el traje de baño y se refrescaron en la cascada de El Remate, un cañón por el que baja el agua que alimenta el dique Los Zazos. En vehículo o tras caminar dos horas, la gente llega al lugar equipada con mates y bizcochitos para la tarde. Otros, en cambio, prefirieron cargar la conservadora con unas cervezas. "Nos vamos", dijo Teresa Fernández, caminando en dirección opuesta al resto de los turistas. "Vinimos en familia, con los chicos, y no nos gusta que los jóvenes vengan a tomar alcohol..." se quejó.

Los chicos jugaban bajo el chorro de la cascada, las damas tomaban sol en sus esterillas, algunos leían libros y otros, efectivamente, compartían cerveza con amigos. El Remate parecía haberse convertido en una de esas reuniones en las que se juntan todos los familiares que viven separados. "Esto es lo que hace que venga todos los años, el hecho de poder compartir historias con otra gente como si fuéramos todos una gran familia. La gente que viene a Amaicha es muy particular, no se la ve en otros lados. Aquí se convive con la solidaridad y el compañerismo, aunque ninguno se conozca entre sí", comentó Víctor Romano, y luego retrucó a Teresa: "los jóvenes no vienen a descontrolarse, no veo nada de malo en que tomen cerveza porque no generan problemas ni se desubican. Me da igual que tomen un trago o que tomen mate. No hay nada que reclamarles".

Enrique Buglione es uno de los tantos porteños que cambian la costa por el NOA. Mientras brindaba con sus amigos tucumanos, contó que es asiduo visitante de Amaicha. "Me atrae la gente de aquí porque no es agresiva como la de la playa o la de la ciudad. A la costa no se va a descansar, hay descontrol y, para eso, me quedo en casa", reflexionó.

Hay quienes dicen que Amaicha es sólo para gente joven; otros, como Romano, asegura que es el único lugar en el que puede vacacionar con toda su familia. "Mis hijos de 19 y 20 años se prenden con nosotros cuando venimos, y esto es algo que no pasa con mucha frecuencia. Por general los chicos quieren pirarse solos, y sin embargo a Amaicha vienen con nosotros", comentó.

Lejos del bullicio

Pero en lo que coinciden todos es que es un destino para gente muy particular, dispuesta a dejarse llevar por esa "magia indescriptible", como la llama Emily. "Aquí no existe la frivolidad, la gente que viene es desestructurada. Nadie se produce ni se maquilla para salir a la calle, por ejemplo. La gente que viene se muestra como es, natural", afirmó Florencia Carrozza, periodista de Buenos Aires que pasa todos su veranos en los valles tucumanos. "Es muy loco que, a pesar de la cercanía, sea un mundo tan diferente al de Tafí", finalizó.

"El Mollar nos despidió: pasamos una noche y salimos corriendo, hay demasiado bullicio. Amaicha te llega a un nivel más personal. Es como un amor a primera vista. Lo máximo que se escucha en el camping es una guitarra que te acaricia los oídos, es una cuestión cultural diferente", señaló Marta Ortega. Vino de Rosario -con su marido Luis Cuello- a un casamiento en Salta y aprovecharon para recorrer los Valles Calchaquíes en su automóvil. "En el camino de Tafí a Amaicha nos paramos a sacar fotos y a respirar el aire puro las montañas", narró.

El sol empezaba a esconderse detrás de las eternas rocas que forman el cañón de El Remate. Poco a poco se iba armando el desfile de regreso al centro de Amaicha. Los mates se terminaban y el atardecer impulsaba el momento de las reflexiones: "Yo cambiaría el cartel de la entrada, y pondría: ’bienvenidos al mejor lugar del mundo’", finalizó Ana Mena.




   
 
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